Samantha
El sol entra despacio por la ventana, tibio, silencioso, como si también tuviera cuidado de no despertarnos. Estoy despierta desde hace rato, observando a Cristian dormir. Su respiración es tranquila, profunda, y su brazo rodea mi cintura con una firmeza exagerada, al parecer tiene miedo de que me desaparezca si me suelta.
Me muevo apenas para acomodarme mejor y, de inmediato, él reacciona. Me aprieta más contra su pecho, casi posesivo, incluso dormido.
—Ni se te ocurra huir. —murmura con la voz ronca, medio dormido—. Tengo sensores activados.
Sonrío, conteniendo la risa.
—Buenos días para ti también, exagerado.
Abre un ojo. Luego el otro. Y cuando finalmente me enfoca, su expresión cambia por completo. Pasa del sueño a la emoción en cuestión de segundos. Sus labios se curvan lentamente en una sonrisa enorme.
—Buenos días… mamá hermosa —dice.
Se queda congelado. Parpadea.
—Dije eso. Lo dije otra vez.
Río bajito, apoyando la frente en la suya.
—Sí, lo dijiste.
Se pasa una mano