Samantha
Tres meses después....
El olor a café recién hecho llena la cocina de Cristian. Es temprano, demasiado temprano para alguien que no durmió bien, pero desde que estoy aquí y a Cristian le dieron el alta del hospital, mis horarios dejaron de existir.
Ahora todo gira en torno a pastillas, alarmas, reposo y ese molesto pitido imaginario que mi cerebro aún asocia a las máquinas del hospital. Un eco que aparece sin permiso y me recuerda el episodio en el que vi morir al infeliz de Arturo. Juro que intento no pensar en lo que viví… pero todavía es complicado.
No voy a negar que debí irme a la ciudad, dejar todo atrás. Pero mi corazón aún no puede dejar a Cristian. Lo amo, de eso no hay duda. Eso sí, todavía lo torturo un poco. Nada de perdonarlo tan fácil después de haber dudado de mí.
Me encanta ver su rostro completamente desencajado cada vez que le niego algo: un beso, quedarme abrazándolo, dormir pegada a él. Me muero de risa con su drama exagerado. Siempre termina diciéndome: