Samantha
El silencio entre Gregorio y yo no es incómodo. Es extraño de explicar, pero se siente tranquilo, casi cálido, como una paz suave que me envuelve y me hace sentir viva.
Ambos seguimos afuera de su casa, sentados en los escalones de madera que crujen un poco bajo nuestro peso. Nos miramos de vez en cuando; otras, simplemente observamos el paisaje frente a nosotros. La brisa fresca me acaricia el rostro y deja que mi respiración, por fin, sea ligera.
El silencio entre Gregorio