El pitido de las máquinas llenaba la sala con un ritmo artificial que no lograba calmarla. El corazón de Ximena parecía no encontrar su propio compás. Palpitaba desordenado, entrecortado, como si intentara seguir el mismo patrón errático que marcaba el monitor del otro lado del cristal. Junior estaba allí, acostado en esa camilla que parecía devorarlo. Tan pequeño. Tan inmóvil. Con la piel más pálida que nunca. El tubo de oxígeno sobresalía como una serpiente blanca entre su rostro y las sábana