El sonido de las olas rompiendo contra las piedras se filtraba por la ventana abierta, mientras la brisa cálida de Río de Janeiro acariciaba la piel desnuda de Ximena. Estaba de espaldas a Roberto, con la mirada perdida en la oscuridad del cuarto, envuelta apenas en una sábana que cubría la curva de su cadera. Roberto se acercó en silencio. Sus manos grandes y cálidas rodearon su cintura y la atrajeron con suavidad hacia él. Su pecho rozó la espalda de ella, y cerró los ojos. Su olor a mar, a s