La penumbra de la habitación parecía empeorar la atmósfera entre los dos hombres. Ronaldo, demacrado y con un leve temblor en la mano, descansaba en un sillón de cuero oscuro. El respirador, que colgaba a un lado de su rostro, parecía un recordatorio implacable de su fragilidad, una debilidad que él mismo odiaba admitir. Pero, en cuanto Roberto habló, el anciano arrancó el respirador de su boca, y el siseo de su respiración entrecortada llenó el silencio. —¿Qué quieres decir con que Marilia esc