La lluvia caía en torrentes mientras Lula conducía hacia el aeropuerto. El rugido del motor de la Ferrari competía con el golpeteo constante del agua sobre el techo. Lula estaba en silencio, su mirada fija en el camino, pero su mano no soltaba la de Brad, como si necesitara ese anclaje para mantener los pies en la tierra tras todo lo ocurrido. Cuando llegaron al aeropuerto, giró hacia un acceso privado. Un guardia los saludó y levantó la barrera. Él lo observó, sorprendido, mientras ella estaci