El sonido del motor era lo único que acompañaba a Norman en el trayecto hacia el hospital. La ciudad pasaba frente a sus ojos como una secuencia borrosa, sin forma ni sentido. Había salido de la casa de su padre con el estómago revuelto y el corazón estrujado. Las palabras de su madrastra aún resonaban en su cabeza, pero lo que de verdad lo arrastraba de regreso era el peso aplastante del arrepentimiento, que se sentía como una losa pesada. Frenó de pronto frente a una florería que encontró de