La música envolvía cada rincón del club con su ritmo hipnótico, vibrante y sensual. Las luces parpadeaban en tonos neón, reflejándose en la piel sudorosa de los cuerpos en movimiento. Ekaterina giró sobre sus tacones, dejando que su vestido negro, corto y ajustado, se pegara a su figura con cada giro. —Así se hace, nena —le susurró Chad al oído, sosteniéndola por la cintura con la familiaridad de alguien que conocía el juego. Su tono cómplice la hizo sonreír. Había conocido a Chad a través de C