Aún retumbaba en mi mente la vibración constante de la música, esa mezcla incesante de bajos y luces que se fundían en un torbellino casi hipnótico en el club. Aquella noche, el ambiente estaba cargado de un magnetismo crudo, y me sentía atrapado en una maraña de emociones contradictorias. Ekaterina, con su mirada penetrante y su aura inigualable, había logrado escabullirse entre la multitud como un fantasma, y yo, en mi intento desesperado por aferrarme a mi cordura, o lo poco que había quedad