Don Emiliano, después de escuchar lo que Tadeo le había contado, frunció el ceño con tal dureza que las arrugas de su frente parecían grietas en una piedra vieja.
—Puedes irte, compadre —dijo con voz grave, volviendo la mirada a Juan Pablo—. Yo mismo, si es posible, llevaré a Alondra ante el alcalde. Ha puesto no solo a su familia en vergüenza… también ha puesto en riesgo a una criatura inocente.
Juan Pablo y dos obreros más salieron sin hacer preguntas. Tadeo y Carlos, que habían estado a un l