Los días en La Esperanza parecían transcurrir rápidos y pesados al mismo tiempo. El aire estaba impregnado de un silencio extraño, como si todo el campo contuviera la respiración. La ausencia de Alondra se sentía en cada rincón: en el eco de los pasillos vacíos, en el comedor donde ya no se escuchaba su risa, y en los ojos apagados de don Emiliano.
Alondra había partido con el corazón destrozado, incapaz de aceptar la verdad que la perseguía como un látigo: don Emiliano no era su padre y su mad