Amália también entró en su habitación furiosa. Después de quitarse la ropa e ir a ducharse, notó que las marcas de las manos de Filipo en su cuerpo aún no habían desaparecido.
—Si dejo pasar esto, cosas peores podrían ocurrir en su próxima crisis de celos. No puedo permitir que Filipo vuelva a hacer algo así —murmuró frente al espejo.
—Lo intenté, de verdad, juro que lo intenté. Pensé que podríamos funcionar; lo amo, pero lamentablemente nunca cambiará esos celos enfermizos. Tengo miedo de que