Era un día frío, pero dentro de la cafetería el ambiente estaba cálido. André encontró extraño que Amália no se hubiera quitado el abrigo al entrar, especialmente porque sabía que ella solía sentir calor con facilidad.
—Hace mucho calor aquí. No sé por qué sigues con ese abrigo puesto —comentó, intentando animarla a quitárselo.
—Ah, ni siquiera lo noto —respondió Amália con nerviosismo.
Las marcas de los dedos de Filipo aún eran visibles en su brazo.
—¿Qué sucede, Amália? Veo que te incomoda ll