Eliza
Cuando puse un pie en mi apartamento, sentí cómo todo mi cuerpo se desplomaba con el peso del cansancio emocional. Estaba molida. Literalmente. No solo por el largo vuelo, ni por la tensión acumulada en los hombros tras horas de silencio incómodo, sino por lo que dejé atrás.
Después de que Nicholas Callway —mi futuro jefe— me dejara el hotel, tomé mi maleta con las manos temblorosas y me subí al primer avión de regreso. Tal vez debí quedarme. Tal vez hubiera sido menos doloroso enfrentar