El silencio se extendió en la habitación como una suave brisa que no sabía si traía calma o tormenta. La luz cálida de las lámparas se reflejaba sobre las flores que aún descansaban en la mesa, y Violeta, con el álbum cerrado entre sus manos, apenas podía sostener la mirada de Liam.
Él dio un paso más hacia ella, y entonces, sin decir palabra, tomó sus manos. Sus dedos eran cálidos, seguros, pero su tacto tenía una delicadeza que la desarmó por completo.
—Violeta —susurró, con una voz tan suave