El abrazo se rompió con la violencia de un espejo estrellándose contra el suelo, no por un gesto de Kael, sino por la repulsión instintiva de Elara, quien sintió el tenue, casi imperceptible, rastro del perfume de lavanda en la solapa de su chaqueta, un olor que su hipercontrol sensorial amplificó hasta convertirlo en una bofetada helada, un eco persistente de la presencia de la señora Helena, confirmando que la mujer no se había ido, que su guardiana de secretos seguía cerca, que Kael, incluso