Me dejé caer en el borde de la cama, con la televisión parpadeando inútilmente al fondo. El brillo suave iluminaba el caos que había creado en mi tocador: frascos de skincare y cremas tirados por todas partes, como si hubiera sobrevivido a un tornado dentro de una tienda de belleza. De alguna manera, ese desastre reflejaba perfectamente mi estado mental.
¿Debería… o no debería… hablar con Lorenzo?
Cada parte racional de mí gritaba que no. Es peligroso. Impredecible. Desquiciado. Y ni hablemos d