Hace seis meses, Magnus Del Fierro estuvo a punto de volcar la enorme mesa de caoba de su despacho; la superficie pulida raspó con violencia el suelo cuando su cuerpo chocó contra ella.
La rabia lo consumía, cruda e incontrolable. Agarró lo primero que encontró a su alcance, un pisapapeles de cristal, y lo lanzó al otro lado de la habitación. Se estrelló contra la pared, haciéndose añicos, y los fragmentos cayeron como lágrimas de vidrio. Después fue un certificado enmarcado. Luego una lámpara.