... En la mañana Lidia me estaba empujando. Creó que no disfruto mucho el dormir conmigo.
— ¿Qué haces aquí?
— Es mi habitación querida fénix.
— ¿Y por qué me trajiste? — Le mostré el anillo de bodas. Ella hizo un gesto de disgusto.
— No es un matrimonio de verdad.
— Yo creo que cuando el matrimonio se consuma es muy real.
— No me acuerdo de esa noche. Y tampoco me interesa recordar.
— Deberías. Quizás si recuerdas se te antoje repetir.
— Eres un idiota.
— Un idiota que te ama. — Le recordé. Sus ojos me analizaron. Supongo que buscaba una señal de que estaba mintiendo, algo que no va a encontrar. Por qué yo la amo. La amo desde que hace muchos años.
— ¿Por qué los hombres son tan buenos mintiendo? — Me miró molesta.
— ¿Por qué es tan difícil hacerte entender que te amo?
— Te aprovechaste de mi. No haces eso cuándo amas.
— Juro que no me aproveche de ti. Me diste tu consentimiento.
— Lo dices con una seguridad que estoy a punto de creerte.
— Baje la cabe