El alba se filtraba por las persianas del apartamento de María, pero ella apenas lo notaba. Su mente era un tablero de ajedrez donde cada pieza tenía un solo propósito: la venganza. Sin embargo, en la quietud de sus sueños, la figura de Gabriel persistía como un fantasma dulce que se negaba a abandonar su subconsciente, recordándole que aún había algo de humanidad tras su coraza de odio.
La interrupción llegó en forma de un hombre de traje gris y maletín de cuero. Un abogado, cuya presencia e