Cárcel de Nueva York – La Caída de Gabriel
El silencio de la celda se rompió con el sonido metálico del cerrojo. Zelda no esperó a que Gabriel hablara; entró como una ráfaga de fuego. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad peligrosa. Gabriel, debilitado por la noticia de María en Rusia y el peso de su condena, no tuvo fuerzas para apartarla cuando ella se sentó a su lado.
—Mírate, Gabriel... —susurró Zelda, deslizando su mano por el pecho de él—. Un león enjaulado mientras ella se entrega a otro hombre en el frío de Moscú.
Gabriel intentó protestar, pero Zelda selló sus labios con un beso hambriento, desesperado. Fue un choque de amargura y deseo. En la penumbra de la celda, Gabriel se dejó llevar por el único calor que tenía a mano. El sexo fue intento, rudo y cargado de rabia, una forma de castigarse a sí mismo y de intentar borrar el recuerdo de María. Zelda, satisfecha, sabía que con cada caricia estaba sellando el destino de Gabriel: ahora él le pertenecía por la ca