Cárcel de Nueva York – La Caída de Gabriel
El silencio de la celda se rompió con el sonido metálico del cerrojo. Zelda no esperó a que Gabriel hablara; entró como una ráfaga de fuego. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad peligrosa. Gabriel, debilitado por la noticia de María en Rusia y el peso de su condena, no tuvo fuerzas para apartarla cuando ella se sentó a su lado.
—Mírate, Gabriel... —susurró Zelda, deslizando su mano por el pecho de él—. Un león enjaulado mientras ella se