María cerró los ojos y permitió que el abrazo de Enrique la envolviera por unos segundos más de lo estrictamente necesario. Era un abrazo que cargaba el peso de la gratitud, pero para él, significaba mucho más. Enrique sintió un vuelco en el corazón; aquel contacto físico alimentó una chispa de esperanza que creía perdida. Se hizo una promesa silenciosa mientras la veía: si ella lograba cruzar los muros de la prisión y ser libre, él dedicaría cada día de su vida a hacer que se enamorara de él,