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—¿Qué estás dibujando?

—Un pene no—. respondí, usando el dedo corazón para sombrear un poco. Contuve una mueca de dolor por el dolor que me recorría la mano. No me había dado cuenta de lo mucho que dolía un corte en el dorso de la mano dominante.

—Deberías haberlo hecho—. Resistí el impulso de volver a poner los ojos en blanco.

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