Sentí una oleada de asco y rabia que recorrió todo mi cuerpo al escuchar aquellas despreciables palabras. Era inimaginable que aquel hombre pudiera ser tan corrupto y desalmado. Me chantajeaba y acosaba, aprovechándose sin escrúpulos de mi situación precaria. Mis manos temblaban por la ira contenida, mientras en mi mente repetía maldiciones hacia él una y otra vez.
— ¡Nunca haría semejante cosa! — exclamé, llena de indignación.
— En tal caso, despídase de la posibilidad de ver a su esposo — res