El cuervo me miraba fijamente con sus ojos penetrantes, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
— ¿Qué... qué has dicho? — balbuceé, atónita.
— He dicho que tengo algo que decirte — repitió el, con voz clara y firme.
— ¿De qué estás hablando? — pregunté, asustada.
— Estoy hablando de la realidad. La realidad que tú conoces, de la cual vengo. La realidad a la que debes volver.
— ¿La realidad? — pregunté, confundida.
— Allí, estás dormida — reveló el.
Sentí que el corazón se me aceler