El motor del avión comercial rugía con potencia, transportándonos a miles de pies de altura desde el clima tropical de Tailandia hacia el clima neutral de Central City. Habíamos logrado dos asientos de primera clase, un pequeño oasis en la cabina llena de pasajeros. Dejamos atrás la cabaña, el silencio de la montaña, y la intimidad de nuestra breve y caótica luna de miel.
Nos sentamos juntos, hombro con hombro. El contraste era palpable: en Tailandía, habíamos aprendido hacer más compatibles, a ver que, aunque fuéramos dos polos opuestos, podíamos sobrevivir si sabíamos cómo comunicarnos.
—Hemos vuelto, Val —dijo Adrián, desabrochando su cinturón de seguridad ahora que el avión había alcanzado la altura de crucero. La familiaridad de su voz me anclaba.
—Estamos en casa —repliqué, tocando el anillo de diamantes.
Tomé su mano sobre el reposabrazos, sintiendo la necesidad de sellar nuestro vínculo antes de la realidad de la ciudad.
—Adrián —dije, sintiendo que la verdad tenía que salir e