El motor del avión comercial rugía con potencia, transportándonos a miles de pies de altura desde el clima tropical de Tailandia hacia el clima neutral de Central City. Habíamos logrado dos asientos de primera clase, un pequeño oasis en la cabina llena de pasajeros. Dejamos atrás la cabaña, el silencio de la montaña, y la intimidad de nuestra breve y caótica luna de miel.
Nos sentamos juntos, hombro con hombro. El contraste era palpable: en Tailandía, habíamos aprendido hacer más compatibles, a