Adrián sonrió y, por un acuerdo tácito, decidimos dejar de lado el drama emocional y comer tranquilos.
El momento siguiente fue sorprendentemente ligero. Adrián se esforzó mucho, y se le notaba, por que todo fuera normal. Nada de miradas intensas, nada de silencios incómodos ni dobles sentidos. Volvió a ser el Adrián ingenioso y charlatán de siempre, pero con una capa extra de amabilidad.
Hizo bromas sobre mi técnica con los palillos (que, admito, era terrible), me contó una anécdota ridícula s