La pregunta de Adrián flotó en el aire gélido de la noche, congelando el tiempo.
—¿Ya pensaste en mi propuesta?.
Por un instante que se sintió eterno, dejé de sentirme como una simple subordinada que acataba órdenes minuto tras minuto. Ahora era una simple mujer sentada en una mesa de metal, con el estómago lleno de una pasta que ahora sentía como una pesada losa de complicidad. Se supone que esto era el mundo real, pero ahora toda regla y toda lógica se desvanecieron dejándome en este absurdo