La puerta de la suite del Ixis Hotel se cerró con un clic suave. Mateo apoyó la espalda contra la madera pulida, exhalando un suspiro que llevaba todo el día conteniendo. En la penumbra del atardecer que se filtraba por las cortinas, distinguió su silueta. Isabelle, de pie frente a la ventana, con un vestido amarillo sin mangas que se ceñía a sus curvas y se detenía varios centímetros por encima de las rodillas. La luz tenue acariciaba su contorno, pintándola como un cuadro viviente de melancol