La noche de la ciudad no era densa. Una neblina húmeda se pegaba a los cristales del auto, que permanecía estacionado a dos cuadras del imponente edificio de la Corporación Han. El gigante de cristal y acero se alzaba hacia el cielo como un mausoleo moderno, custodiando los secretos que habían destruido la paz de Adrián.
Dentro del vehículo, el silencio era casi absoluto, roto solo por el clic rítmico de las uñas de Karla contra la pantalla de su teléfono.
—Tres... dos... uno... —susurró Karla.