El silencio que siguió al desplante de Adrián fue denso, casi sólido. Anastasia se quedó allí, de pie en medio del pasillo, con la muñeca aún pulsando por la presión de los dedos de él. Su rostro, que antes era una máscara de furia, se quedó completamente en blanco, vacío de toda expresión mientras procesaba la amenaza. Por un instante, el brillo de sus ojos pareció apagarse ante la comprensión de que el hombre que tenía enfrente ya no era alguien a quien pudiera manipular con intrigas de pasillo. Con una respiración entrecortada, decidió que la humillación física era suficiente; ajustó su chaqueta verde con manos temblorosas, lanzó una última mirada cargada de un odio silencioso y se alejó por el corredor, tratando de recuperar una dignidad que ya se le escapaba entre los dedos.
Diez minutos después, el pesado portón de la Sala de Juntas se abrió de nuevo. El aire en el interior había cambiado drásticamente. Ya no era el frío sepulcral de un juicio; ahora era una atmósfera de urgen