El silencio que siguió al desplante de Adrián fue denso, casi sólido. Anastasia se quedó allí, de pie en medio del pasillo, con la muñeca aún pulsando por la presión de los dedos de él. Su rostro, que antes era una máscara de furia, se quedó completamente en blanco, vacío de toda expresión mientras procesaba la amenaza. Por un instante, el brillo de sus ojos pareció apagarse ante la comprensión de que el hombre que tenía enfrente ya no era alguien a quien pudiera manipular con intrigas de pasil