Caminé por los lujosos pasillos de la mansión familiar, sintiendo que el nudo de la corbata me asfixiaba más de lo normal. Había conducido hasta allí con la mente hecha un caos, pero al acercarme a la sala de estar, el eco de unas voces conocidas me obligó a detener el paso. Estaban hablando de mí. Mi querida y ruidosa familia ya estaba haciendo control de daños a mis espaldas.—¡Te lo advierto, Richard! Si Alexander pretende volver con esa mujerzuela, será sobre mi cadáver —sentenció la voz afilada y llena de veneno de mi madre, Eleanor. La vi caminar de un lado a otro, agitando las manos con furia —. ¡No voy a permitir que se siga burlando de nuestro hijo!—Eleanor, cariño, cálmate. Alexander ya es un hombre adulto, déjalo que haga lo que quiera —respondió mi padre con un suspiro pesado.Richard Miller era un hombre grande, imponente y de pocas palabras, el antiguo pilar de nuestro imperio corporativo. Pero frente a mi madre, toda esa rigidez se ablandaba; seguía profunda y ciegamen
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