capitulo 4

                                                                       Zoé 

El murmullo en la oficina era el de siempre, un zumbido constante de teclados y llamadas, pero todo pareció congelarse en el instante en que Alexander Miller cruzó la planta alta. Con su habitual elegancia implacable, caminó directo hacia mi escritorio, ignorando el hecho de que decenas de ojos seguían cada uno de sus pasos. Sintiéndome el centro del universo, me tensé cuando él se detuvo justo a mi lado y se inclinó lentamente, acortando la distancia hasta que su aliento cálido rozó mi oreja.

—Este fin de semana te presentaré formalmente a mi familia —me susurró con esa voz profunda y atrapante que me erizaba la piel—. Prepárate, Zoe. No aceptaré contratiempos.

Antes de que pudiera procesar el impacto de sus palabras, Alexander se inclinó un poco más y me dejó un beso suave en la mejilla. Fue un gesto rápido, calculado para el público, pero para mí... para mí fue como si el tiempo se detuviera por completo. Su cercanía me envolvió en esa fragancia suya tan masculina que se me instaló en el pecho, haciéndome suspirar. Sentir la calidez de sus labios rozando mi piel provocó que mis mejillas se encendieran en un rojo ardiente, como si un fuego dulce me recorriera el cuerpo. 

Se dio la vuelta sin decir una sola palabra más, dejándome completamente aturdida, con el corazón repicando con fuerza, mientras su imponente silueta desaparecía en el ascensor.

En cuanto las puertas se cerraron, la burbuja romántica en la que flotaba se rompió con un tierno sobresalto. Priscila saltó sobre mí, dándome pequeños golpes en el brazo con una emoción desbordante que ya no podía contener en sus adentros.

—¡No lo puedo creer! ¡Zoe, por el amor de Dios! —chilló en un susurro, arrastrando su silla hasta pegar sus rodillas a las mías—. ¿Desde cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué mi radar de chismes falló tan catastróficamente contigo? ¡Tienes que contármelo todo ya mismo!

Me quedé helada, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua. Las preguntas de mi amiga me bombardeaban como ráfagas.

—Pris, de verdad, no es lo que parece... —alcancé a balbucear, sintiendo la culpa de ocultarle la verdad.

—¿Que no es lo que parece? ¡El dios del Olimpo corporativo te acaba de respirar en la oreja y te besó frente a todos el otro día, ni pienses que puedes escapar de mi! —exclamó ella, abriendo los ojos de par en par—¡Suelta la sopa de inmediato, Zoe! ¿Es un buen besador? ¡Dime que sí, necesito vivir a través de ti!

—¡Priscila, baja la voz! —le supliqué, cubriéndole la boca con la mano mientras sentía que el piso me tragaba—. Te juro que luego te explico, pero ahora tengo que... asimilar que voy a conocer a sus padres.

—Ay, por favor, si sobrevives a la suegra, ya tienes el anillo asegurado —bromeó ella, guiñándome un ojo mientras se alejaba en su silla—. Pero exijo un informe detallado el lunes. Con gráficos si es necesario.

El temido día de la reunión familiar llegó con una rapidez alarmante. En mi departamento, el caos era absoluto. Mi cama parecía un campo de batalla cubierto por una montaña de vestidos, faldas y blusas. Me había cambiado al menos mil veces de ropa, desesperada por encontrar el equilibrio perfecto entre "mujer profesional" y "la novia que una madre elitista no querría asesinar".

Mis dos roommies, Thomas y Anna, a quienes conocía desde que éramos unos niños, se pararon en el umbral de mi habitación, observando el desastre. Al ver mi nivel de colapso mental, no tuve más remedio que sentarlos y confesarles toda la verdad sobre el acuerdo falso con Alexander.

—A ver, déjame ver si entendí bien —dijo Anna, tomando un vestido rojo de la cama para inspeccionarlo—. ¿El hombre que sale en Forbes te besó para usar de escudo contra la prensa, te triplicó el sueldo y ahora vas a una cena familiar para que finjas ser su novia? Zoe, esto es una locura absoluta. Una pésima idea.

—Anna tiene razón —asintió Thomas de inmediato. Tenía la mandíbula tan rígida que parecía que se le iba a romper.—. Ese tipo es un tiburón, Zoe. Te va a usar como un chaleco antibalas contra sus enemigos y, cuando termine, te desechará. Te estás metiendo en la boca del lobo por un capricho.

—No es un capricho, es un contrato de trabajo... con beneficios a largo plazo —respondí, mirándome al espejo mientras me probaba un vestido color rosa que resaltaba mi melena caramelo y mi figura de forma sencilla pero hermosa—. Sé que suena peligroso, pero es mi oportunidad perfecta. Si paso suficiente tiempo a su lado , sé que puedo encantarlo. Voy a hacer que se enamore de mí tarde o temprano.

Anna soltó una carcajada y se tiró sobre la cama, apartando unos pantalones.

—Amiga, admiro tu fe, pero ese hombre tiene un bloque de hielo por corazón. Aunque... pensándolo bien, mírate en el espejo. Si con este vestido no le da un infarto, es que definitivamente es un robot.

—No la alimentes, Anna —gruñó Thomas, cruzándose de brazos y desviando la mirada hacia la ventana, tratando de ocultar la frustración que lo carcomía por dentro—. Solo espero que no termines llorando cuando el cuento de hadas se rompa.

De pronto, el claxon de un auto resonó desde la calle, rompiendo la tensión en la habitación. Anna corrió hacia la ventana, apartando las cortinas, y ahogó un grito que resonó por todo el departamento.

—¡Por los clavos de Cristo, Zoe! ¡Tienes que ver esto! —chilló Anna, saltando de la emoción—. ¡Hay un maldito deportivo negro que cuesta más que nuestras tres vidas juntas estacionado abajo! Y el jefe... ¡Dios mío, el jefe está apoyado en la puerta! Se ve jodidamente atractivo, parece un modelo de portada de revista.

Las palabras de Anna me dispararon una descarga de adrenalina pura. Olvidando los zapatos y el vestido por un segundo, corrí hacia la ventana y aparté las cortinas con dedos temblorosos. Me asomé con el corazón en la garganta y, en cuanto mis ojos lo enfocaron, sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

Ahí estaba él.

Alexander estaba de pie junto a la puerta del imponente auto negro, esperando pacientemente. Para esta ocasión, había dejado de lado sus rígidos trajes de tres piezas, optando por un estilo informal pero desgarradoramente elegante que me dejó sin aliento. Llevaba unos pantalones oscuros de corte perfecto que acentuaban sus piernas largas, combinados con una camisa blanca de lino fino con las mangas sutilmente remangadas hasta los antebrazos, revelando la fuerza de sus brazos. Los primeros botones estaban desabrochados, lo justo para darle un aire relajado y peligrosamente varonil que jamás le había visto en la oficina.

El sol de la tarde caía justo sobre él, haciendo brillar su cabello oscuro y perfilando sus facciones esculpidas con una perfección casi irreal. Tenía una mano metida en el bolsillo del pantalón mientras miraba de reojo su reloj de lujo, luciendo tan jodidamente guapo, seguro de sí mismo y poderoso que parecía haber transformado nuestra calle común en una pasarela de alta costura. Verlo allí, tan inalcanzable y a la vez tan real, esperando por mí, hizo que una bandada de mariposas revoloteara con fuerza en mi estómago. Era el vivo retrato del príncipe azul con el que siempre había soñado, un hombre tan perfecto que dolía mirarlo.

—Ten cuidado —se limitó a decir Thomas, con una voz extrañamente apagada, antes de salir de la habitación.

Con los nervios de punta y el estómago hecho un nudo, me despedí de Anna, quien me lanzó un beso de buena suerte desde la puerta. Salí al pasillo y comencé a bajar las escaleras del edificio a toda prisa, ansiosa por no hacerlo esperar ni un solo minuto. Pero la combinación de mis tacones altos, los nervios desbocados y la prisa me jugaron una mala pasada. En el último tramo de escalones, justo antes de salir a la calle, mi pie se dobló.

Perdí el equilibrio por completo y solté un pequeño grito, cerrando los ojos mientras me preparaba para el doloroso impacto contra el suelo.

Sin embargo, el golpe nunca llegó.

Unos brazos firmes me sujetaron en el aire antes de que cayera. Alexander me había atrapado justo a tiempo, pegando mi cuerpo contra la dureza implacable de su pecho. 

Abrí los ojos despacio y me encontré con su mirada a escasos centímetros de la mía. Sus ojos miel me recorrieron el rostro con una fijeza devoradora, analizando mi reacción con esa mezcla de superioridad y control que siempre lo caracterizaba. Mi corazón comenzó a acelerarse a un ritmo tan salvaje y desbocado que temí que él pudiera escuchar los latidos contra su propio pecho.

Sosteniendo su agarre, atrapada entre la deliciosa calidez de su cuerpo y la frialdad calculadora de sus intenciones, una pregunta llena de temor y esperanza cruzó mi mente:

«¿Esto es el inicio de mi propio cuento de hadas... o el comienzo de mi peor pesadilla, señor Miller?»

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