Mundo ficciónIniciar sesiónCaminé por los lujosos pasillos de la mansión familiar, sintiendo que el nudo de la corbata me asfixiaba más de lo normal. Había conducido hasta allí con la mente hecha un caos, pero al acercarme a la sala de estar, el eco de unas voces conocidas me obligó a detener el paso. Estaban hablando de mí. Mi querida y ruidosa familia ya estaba haciendo control de daños a mis espaldas.
—¡Te lo advierto, Richard! Si Alexander pretende volver con esa mujerzuela, será sobre mi cadáver —sentenció la voz afilada y llena de veneno de mi madre, Eleanor. La vi caminar de un lado a otro, agitando las manos con furia —. ¡No voy a permitir que se siga burlando de nuestro hijo!
—Eleanor, cariño, cálmate. Alexander ya es un hombre adulto, déjalo que haga lo que quiera —respondió mi padre con un suspiro pesado.
Richard Miller era un hombre grande, imponente y de pocas palabras, el antiguo pilar de nuestro imperio corporativo. Pero frente a mi madre, toda esa rigidez se ablandaba; seguía profunda y ciegamente enamorado de ella, dispuesto a complacer sus crisis con tal de mantenerla feliz. Aunque me pareciera una debilidad, en el fondo los amaba; mi familia era lo único real que tenía, y precisamente por eso cuidaba nuestro legado con un pragmatismo feroz.
—¿Qué lo deje hacer lo que quiera? ¡Jamás! —replicó mi madre, con los ojos encendidos—. No voy a sentarme a ver cómo arrastra nuestra dignidad por el fango otra vez.
Cerré los ojos, sintiendo un amargor pastoso en la boca. La sola mención de ese asunto me revolvía las entrañas. Zara. Recordar su nombre era recordar el día exacto en que decidí enterrar mi capacidad de amar bajo siete llaves. Me había prometido a mí mismo que jamás volvería a creer en el amor, ni a caer en la red de ninguna mujer. Las mujeres eran expertas en vender fantasías románticas para luego apuñalarte por la espalda, y Zara había sido la maestra suprema en ese arte. O al menos, eso era lo que me había jurado durante años.
Pero esa noche, todo el maldito suelo bajo mis pies se había vuelto inestable.
Haberla tenido frente a mí en el jardín, con los ojos empañados en lágrimas reales, me había descolocado por completo. No podía negar, por mucho que mi orgullo se resistiera, que todavía quedaban cenizas calientes de los sentimientos que alguna vez tuve por ella. Pero lo que realmente me estaba carcomiendo la cabeza eran sus palabras desesperadas mientras se aferraba a mi pecho: «Todo lo que creías, todo lo que viste no era verdad, Alexander. Yo nunca te traicioné, te lo juro por mi vida».
¿Una mentira para recuperarme o una verdad enterrada por mis enemigos? Necesitaba tiempo. Tiempo para investigar a fondo qué había pasado realmente en el pasado, rastrear las pruebas y descubrir si su supuesta infidelidad había sido un montaje. Y era precisamente por eso que la presencia de Zoe en mi oficina en ese momento era una pieza matemática perfecta.
Aprovecharía el trato con Zoe. Al presentarla ante el mundo y ante mi familia como mi novia, crearía la distracción perfecta. Mantendría a la prensa alejada, calmaría las exigencias moralistas de mi madre y, sobre todo, me daría el escudo y el tiempo necesario para investigar la verdad sobre Zara sin levantar sospechas. Zoe era leal, transparente y eficiente; la coartada ideal mientras yo resolvía el caos de mi pasado.
Por eso me servía tanto la ingenuidad de Zoe; ella creía en los cuentos de hadas y estaba perdidamente enamorada de mí. Lo sabía perfectamente. Lo notaba en cómo le brillaban los ojos en las juntas, en los detalles que recordaba de mis gustos y en cómo se le cortaba la respiración si me acercaba demasiado. Ella no me conocía en realidad, solo amaba la máscara idealizada de su jefe exitoso, pero yo no tenía escrúpulos en usar esa ilusión a mi favor. Su adoración real iba a ser el escudo perfecto frente a las cámaras de la prensa; actuaría tan bien que convencería a todos sin necesidad de guiones.
Antes de que la discusión en la sala continuara, un jadeo emocionado rompió mi hilo de pensamientos. Zeus, mi imponente pastor alemán, apareció trotando por el pasillo y se detuvo frente a mí, moviendo la cola. Me agaché levemente en la entrada, acariciando el pelaje del animal con suavidad, encontrando en su lealtad un respiro de la falsedad del mundo.
—¡Alex! ¡Llegaste! —saludó una voz alegre.
Mi hermana menor, Vanessa, apareció en el umbral con una sonrisa curiosa y los ojos brillantes de emoción. Se acercó a mí de inmediato, incapaz de contener el chisme del momento.
—Dime que no es verdad... ¿De verdad volviste con Zara?
El nombre golpeó el aire como un latigazo. Me tensé por completo, enderezando los hombros mientras mi postura se volvía rígida. Intentó abrir la boca para responder, pero mi madre apareció en la entrada de la sala, interrumpiéndome con una mirada cargada de autoridad.
—¡Te lo prohíbo, Alexander! ¡Te prohíbo terminantemente volver a ver a esa mujer! —exclamó, cruzándose de brazos—. Bastante tuvimos con aceptar a una actriz de mala muerte en esta familia. ¿y para qué? Para que en cuanto pusiera un pie dentro, te engañara con cuanto hombre pudo.
Se me endureció la mandíbula. Odiaba con cada fibra de mi ser que me recordaran esa traición, el engaño que me abrió los ojos y me enseñó que el amor era solo una debilidad.
Vanessa, al notar cómo mi expresión se oscurecía y mis ojos se volvían gélidos, intentó suavizar el ambiente. Me puso una mano en el brazo en un intento de consuelo.
—Ya, mamá, déjalo en paz —murmuró.
Fastidiado por la lástima y el contacto, le di un golpe seco en la mano para que me soltara y dejara de molestarme. Vanessa solo soltó una pequeña risita, demasiado acostumbrada a mi frío temperamento.
—Si vuelves con ella, Alexander, me demostrarás que eres un imbécil sin un gramo de dignidad —remató mi madre, barriéndome con la mirada.
—¡Ya basta! —la interrumpí,—. No he vuelto con Zara, ni volveré con ella jamás. No soy tan estúpido como para tropezar dos veces con la misma piedra.
Mi madre me miró con desconfianza, alzando una ceja.
—¿Ah, no? ¿Y quién era la mujer de la fotografía del hotel?
—La mujer con la que salí es otra —sentencié, sosteniendo la mentira —. Mañana mismo la presentaré formalmente a la familia.
Un silencio pesado cayó en la sala. Mi padre me observó con duda, Vanessa entrecerró los ojos y mi madre soltó un bufido de incredulidad. Nadie en esa habitación parecía creerme una sola palabra; todos asumían que estaba inventando una pantalla para encubrir a mi antiguo y tóxico error del pasado.
No me inmuté ante sus miradas de escepticismo. Mientras caminaba hacia mi habitacion para dejarlos atrás, una sonrisa se dibujó en mis labios. Mi plan, al igual que todos mis negocios, era puramente transaccional y sin fisuras. Mañana, cuando trajera a Zoe a esta casa, sus ojos ridículamente enamorados se encargarían de borrar el nombre de Zara de las cabezas de mi familia sin que yo tuviera que esforzarme en fingir.
Y cuando este circo mediático terminara, le pagaría una enorme suma de dinero por sus servicios, le pediría amablemente que firmara su renuncia y la sacaría de mi empresa y de mi vida para siempre.
Sirviéndome un trago de whisky en mi vaso de cristal, corté el hilo de mis pensamientos mientras pensaba con total desdén hacia su recuerdo en la oficina:
«Qué mujer tan estúpida».







