Día libre.
A la fuerza porque no tengo ganas de pisar el hotel.
Todo mi plan por el suelo. Pero mi orgullo era tan alto que me sorprendió que tras llegar del bar no derramé ni una sola lagrima. Solo llegue ebria, mareada y tambalee hacia el sofá, dejándome caer en falda, con los tacones.
Mi rostro finalmente encontró refugio en la suave almohada que había sido desplazada al centro de la sala, y todo a mi alrededor quedó sumido en la oscuridad.
Era un gesto de rendición ante la intensidad de mis