Alade ya no sabía cuántos días habían pasado. El tiempo se había disuelto en la bruma del dolor, y su noción de realidad era solo una sombra. Todo lo que quedaba era aquella ventana, el mar al frente y el vacío. El mar la miraba de vuelta: vasto, impasible, cruel. Y ella se preguntaba cómo estaría su familia. Si la buscaban. Si aún la esperaban.
Sus manos se deslizaron hasta el vientre. Lo tocó con delicadeza, casi con miedo. Estaba liso, sin señal alguna de cambio. Ni hinchazón, ni síntomas. P