El cuarto parecía una jaula dorada. Grande, amplio, lujoso a primera vista, pero cada detalle exhalaba perversidad. El armario rebosaba de vestidos vulgares, demasiado cortos, demasiado escotados, demasiado indignos. Alade revisó cada rincón, cada cajón, cada rendija en busca de algo que pudiera usar como arma, pero no había nada. Ni siquiera una horquilla.
Se acercó a la ventana. Afuera, la aldea parecía un cementerio vivo: ruinas dominadas por vampiros y lupinos que vigilaban, reían y cazaban