Alade no pegó los ojos esa noche.
Se recostó en la cama vieja, apestosa, abandonada en un rincón de la celda húmeda, pero el sueño era una miragem. Todo su cuerpo dolía, como si hubiera sido atropellada por una manada en furia. Tal vez lo hubiera sido. Los recuerdos venían en oleadas: Eric. Sus ojos, sus últimas palabras, la forma en que gritó su nombre. Y Aaron. El traidor. El asesino. El maldito lobo al que ella dejó entrar.
Ella se odiaba. Se odiaba por dudar de sus propios instintos, por qu