El mundo giraba.
Alade sentía el vaivén a su alrededor como si estuviera en algo que cortaba las aguas un barco, quizá. Sus ojos estaban vendados, y sus muñecas, atadas con cuerdas ásperas que le herían la piel. Intentó soltarse, debatiéndose en desesperación, pero su cuerpo estaba pesado. Lento. Como si cada músculo estuviera hundido en plomo.
Había algo en su sangre. Algo que la entorpecía.
"¿Hola...?" llamó, la voz ronca y débil, pero ningún sonido respondió. Ninguna presencia. Ningún eco si