Sobresaltada, Alade se levantó de la cama de un impulso, el corazón martillando contra el pecho como si fuera a explotar. Atrapó la manta con desesperación, cubriendo su cuerpo desnudo mientras sus ojos muy abiertos intentaban comprender la pesadilla en la que había despertado. Pero no era una pesadilla. Era real.
La sirvienta estaba inmóvil en el centro del cuarto. La bandeja resbaló de sus manos y se estrelló contra el suelo con un estruendo metálico. El sonido retumbó por las paredes como un