Los dos cruzaron los portones de Montaña de Oro y siguieron cabalgando hacia el bosque. El silencio entre ellos era espeso, casi sofocante, como si cada paso de los caballos marcara la distancia entre el dolor y el deseo de respuestas. El viento soplaba fuerte, azotando el cabello de Alade, que intentaba controlar los propios pensamientos… y la mirada insistente que Aaron le lanzaba de vez en cuando.
Tras largos minutos, llegaron al destino. Aaron desmontó primero, el movimiento ágil y controla