Damon*
El castillo olía a muerte. Un hedor espeso de sangre y carne podrida impregnaba cada pared, cada sombra. Cuerpos de lupinos yacían en los pasillos como muñecos rotos, pedazos de extremidades esparcidos como escombros de una guerra olvidada.
Pero Damon no veía nada de eso.
Seguía su olor.
La pista de Eve era débil... pero estaba ahí. Sus pasos eran lentos, arrastrados. El cuerpo le dolía, el corazón latía en un compás enloquecido. Cuando por fin llegó a la antigua cocina real, sus ojos ca