El resto de los guardias del palacio real estaban raros, la trataban con guantes de seda, y ella lo agradecía y a la vez le molestaba por necesitarlo. Incluso su propia secretaria regañona dejó de serlo abruptamente, haciendo que la relación de empleador-empleado, se volviera algo incómoda. En todo momento Kary se sentía al borde del precipicio y no conseguía serenarse.
Hoy, por fin, volvía al campo de trabajo, lo que esperaba que aclarase las ideas de la científica. Si ella tenía algo en lo qu