51. presentimientos

Lo había sentido en el pecho, o era en el estómago; la verdad no tenía la menor idea de dónde había sentido aquella cálida sensación. Lo único que sí había percibido es que cuando el hombre me había besado, lo había hecho de una forma diferente: no pude sentir su rasgo posesivo ni su deseo morboso y pervertido por hacerme suya. Era diferente, era bastante diferente, y no supe por qué me había producido aquellas sensaciones en el vientre.

Lo único que supe es que cuando salí del baño después de una larga ducha y me miré en el espejo, estaba sonriendo. Estaba sonriendo como una tonta estúpida. Aquello me asustó.

— No con él — me repetía a mí misma una vez más — . No podía sentir cosas por el hombre. Claro que no podía.

Ya sabía que no era estrictamente mi enemigo, como lo comentaba antes, pero eso no significaba que fuera mi aliado. Porque pudiera enamorarme de él… era un hombre lobo de una manada escondida en las profundidades de la inmensa pradera. De la forma que fuera, no podía
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