39. La impostora.

En el instante en el que hice aquello me arrepentí de inmediato. Había actuado por rabia, por miedo, y de verdad me pregunté por qué lo había hecho. Cuando el niño me miró desde abajo, los ojitos llenos de lágrimas, me pregunté por qué lo había golpeado.

Sabía que tal vez el niño tenía las tendencias homicidas de su padre, pero no deja de ser un niño que estaba intentando proteger a su hermanita de una mujer en la que no confiaba, y yo no podía ser tan hipócrita de negar que, en efecto, el niño tenía razón en desconfiar de mí, porque yo no era la verdadera Ana, porque yo no era la verdadera mujer que habían traído para liderar a la manada, sino una impostora.

Y muy seguramente el pequeño Axel podía percibirlo de alguna forma retorcida. Lo sabía, por eso no confiaba en mí, y yo lo había golpeado.

Cuando me miró desde el suelo con sus ojitos llenos de lágrimas quise arrepentirme de inmediato y pedirle perdón, pero algo dentro de mí me lo impidió, porque también en esos pequeños ojitos q
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