10. La desautorización.

Yo me quedé observando a Maximiliano con un extraño gesto de duda en mi cara.

— ¿Ahora te parece gracioso? — le pregunté.

Él negó.

— Claro que no. Solo me resulta entretenido ver cómo se pelean por mí.

— Eres un maldito arrogante — le dije con rabia — . No nos estamos peleando por ti. O sea, es ridículo. Estamos peleando por el poder, el poder que tú me estás quitando.

Se pasó los dedos por el cabello.

— ¿A qué te refieres?

— Tú me dices que tengo que ser la luna de esta manada, y por lo que he descubierto es algo que es bastante primitivo e instintivo. Tengo que ejercer mi voluntad y demostrar mi fuerza, y tú no puedes desautorizarme frente a los demás, mucho menos frente a esa maldita… asquerosa, insípida…

— pero ella tiene razón.

— No importa — le dije — . No importa que ella tenga razón. No puedes desautorizarme frente a los demás. Se supone que tenemos que ser un equipo, ¿no es así?

Yo lo único que quería, sinceramente, era que aquel hombre me diera el poder que necesita
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