En el taxi de camino a casa, Lía todavía se masajeaba la muñeca. Iñaki no por nada llevaba años en las peleas clandestinas; tenía muchísima fuerza y le había dejado una marca morada alrededor de la articulación que le dolía con solo moverla un poco. Sin embargo, no se arrepentía; le había regresado el gesto con una buena cachetada, así que estaban a mano.
De pronto, el celular empezó a sonar. Lía lo sacó de su bolso y, al ver quién llamaba, arrugó la frente con fastidio. Eugenia no solía marcarl