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Les di la espalda y salí con la cabeza erguida, las manos juntas sobre mi estómago, que parecía haberse convertido en una piedra que me impedía respirar bien. Encontré la mirada penetrante de Kendra apenas cerré la puerta.

—Quédate. Serán confrontadas por lo que hicieron.

—Gracias, mi señora —murmuré, ubicándome junto a ella, de cara al comedor.

—Robarte una joya de la reina —gruñó—. ¿Qué más te hicieron?

—Me sujetaron entre varias para golpearme —respondí en v

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Maria M Torreswow! me dió pena con la doñita. pero no supo enseñarles.
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