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La muchacha que me había reconocido se me plantó delante y me abofeteó con todas sus fuerzas. Las demás me impidieron retroceder.

—No te tememos, abominación —gruñó.

Otra tomó su lugar y me enfrentó con una mueca despectiva antes de abofetearme también.

—Deberías haberte quedado en la cocina —dijo.

Entonces una vio el pendiente de adularia en mi cuello.

—¿Qué haces con semejante joya?

Intentó tomar el cuarto creciente pero lo protegí en mi puño.

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Maria M Torreseso es. así mismo. aplauso para risa
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